El fin del fatalismo biológico

Durante la mayor parte de la historia humana, la muerte fue tratada como un axioma: inevitable, irreversible, y en muchos casos, deseable como parte de un orden natural o divino. Filósofos, teólogos y poetas construyeron sistemas completos de sentido alrededor de la finitud. Pero la biología molecular del siglo XXI está demoliendo esas certezas con datos.

Hoy sabemos que el envejecimiento no es un programa, sino un proceso de acumulación de daño. Las células senescentes, la disfunción mitocondrial, el acortamiento telomérico, la pérdida de proteostasis — cada uno de estos mecanismos es, en principio, reversible. No estamos hablando de ciencia ficción. Estamos hablando de ingeniería biológica aplicada.

"La primera persona que vivirá mil años probablemente ya nació." — Aubrey de Grey

La pregunta que nadie quiere hacer

¿Qué sucede con una civilización que deja de morir? La pregunta no es retórica. Si la longevidad radical se convierte en una tecnología accesible, las implicaciones para la economía, la política y la estructura social son tan profundas que resultan incalculables. Los sistemas de pensiones, diseñados para 30 años de retiro, colapsarían. La acumulación de poder político en manos de individuos centenarios plantearía problemas democráticos nuevos.

Pero estas no son razones para detenerse. Son razones para pensar con más rigor mientras la ciencia avanza. El Círculo Austral existe, entre otras cosas, para articular este tipo de reflexión antes de que los hechos nos superen.

La muerte es un problema de ingeniería. Y como todo problema de ingeniería, tiene solución.