Artemis como punto de inflexión

Cuando Chile firmó los Acuerdos Artemis en 2024, pocos medios nacionales cubrieron la noticia con la profundidad que merecía. Se trató como un gesto diplomático menor, un documento más entre decenas de tratados internacionales. Fue un error de lectura. Los Acuerdos Artemis no son un tratado simbólico — son la arquitectura legal de la economía extraterrestre del siglo XXI.

Estados Unidos, Japón, la Unión Europea y un puñado de naciones están definiendo ahora las reglas de acceso y explotación de recursos lunares, asteroidales y marcianos. Chile, al firmar, se sentó en la mesa. Pero sentarse en la mesa no es lo mismo que tener algo que decir.

La ventaja comparativa invisible

Chile posee una ventaja que rara vez aparece en los análisis de política exterior: los mejores cielos del planeta. El desierto de Atacama alberga la mayor concentración de observatorios astronómicos del mundo. ALMA, VLT, ELT, Gemini Sur — la infraestructura científica ya está aquí. Lo que falta es la voluntad política de convertir esa infraestructura en una plataforma de participación activa en la economía espacial.

"Los países que definan las reglas del espacio en esta década definirán el orden geopolítico del próximo siglo."

La minería espacial, el turismo orbital, la manufactura en microgravedad — estos mercados no son especulativos. SpaceX, Blue Origin y decenas de startups están invirtiendo miles de millones. La pregunta para Chile no es si la economía espacial existirá, sino si participará en ella o la observará desde abajo — irónicamente, con los mejores telescopios del mundo.

El reloj corre. Las posiciones se consolidan. Y Chile tiene una ventana.