P: Chile fue pionero en legislar sobre neuroderechos. ¿Cómo ve Argentina ese proceso?

R: Con una mezcla de admiración y escepticismo. Admiración porque fue un acto audaz — modificar la Constitución para incluir derechos que la mayoría de los legisladores ni siquiera comprendía del todo. Escepticismo porque la ley se aprobó sin un ecosistema de investigación y debate que la sustente. En Argentina estamos tomando un camino distinto: primero construir el ecosistema académico, luego legislar.

P: ¿Qué tecnologías concretas justifican una legislación sobre neuroderechos hoy?

R: Las interfaces cerebro-computadora son lo más visible. Neuralink ya tiene implantes en humanos. Pero la amenaza más inmediata no son los implantes — son los algoritmos de predicción conductual. Empresas como Meta y TikTok ya están usando modelos que predicen estados emocionales a partir de patrones de uso. Eso es, en cierto sentido, una forma de lectura mental pasiva. No necesitas un chip en el cerebro para vulnerar la privacidad neuronal.

P: ¿Cómo debería Latinoamérica posicionarse en este debate global?

R: Latinoamérica tiene una oportunidad única. No somos desarrolladores de hardware neurotecnológico — eso lo hacen Estados Unidos y China. Pero podemos ser líderes en el marco ético y regulatorio. Chile ya dio el primer paso. Si la región construye un bloque regulatorio coherente, podemos influir en los estándares globales. Europa hizo algo similar con el GDPR para datos personales.

P: ¿El transhumanismo es compatible con los valores latinoamericanos?

R: Esa es la pregunta más profunda. El transhumanismo nació en un contexto anglosajón, individualista, libertario. Latinoamérica tiene una tradición más comunitaria, más preocupada por la equidad. El desafío no es rechazar el transhumanismo, sino reformularlo desde nuestros valores. Un transhumanismo latinoamericano debería preguntarse: ¿mejoramiento humano para quién? ¿Quién tiene acceso? ¿Cómo evitamos que las tecnologías de mejoramiento profundicen las desigualdades que ya nos definen?